25 de enero de 2011

Carta abierta a mis lectores.

Amiguitos, es con gran dolor que me dirijo hoy a ustedes, ya que la persona de la cual se enamoraron cuyas historias han causado sensaciones únicas en cada uno de ustedes, (sensaciones prohibidas si se quiere), ha muerto. Quizás no murió sino que más bien está desaparecida. Me desencuentro encontrado debido a diversas dolencias que azotan mi existencia. Se que muchos de ustedes son chicos (y chicas, ¿porque no?, sería raro pero igual es válido*) de acción, es por eso que voy a empezar por la parte física. Dos granos que no se preciaban de tal han causado una infección en mi cara. Tengo hinchada la ceja, el ojo y el parpado izquierdo. Esta es una situación realmente desgraciada ya que al mirar en el espejo no puedo reconocer a aquel muchachito lindo con colita de caballo y barba al ras. Como si eso no fuera poco, los infortunios arribaron a la otra parte de mí (o de lo que era): mí alma. No les miento compañeritos, escribir para mí significa solo una cosa: libertad. Es de público conocimiento que cuando escribo me elevo hacia estadios superiores de conocimiento, pero paradojalmente, estoy más cerca de sus corazoncitos. Al igual que el agua no cae en nuestros viles campos para alegría de los agricultores que con mucho trabajo labran la tierra, atravieso una sequía muy dura que me ha hecho perder las esperanzas, que me ha abandonado al alcohol y los juegos de computadora.

En fin, todo es una mierda. Yo no soy yo, lo que una vez fue Gastón Pérez Seveso se ha perdido, solo quedan restos de ese pasado, añicos de tiempos felices cuya única actual finalidad es hacerme infeliz, y créanme que lo logran.

*Literatura con enfoque de género.

4 de enero de 2011

Sentido de la Responsabilidad

El individuo de traje gris y corbata verde caminaba presuroso hacia la parada. Llegaría tarde al trabajo y no sería la primera vez. En la última semana no pudo, al menos un día, llegar temprano. Su jefe ya le había advertido sobre su conducta tan poco responsable. Recordaba patente su cara asquerosa cuando le regañaba distintas cosas. Para evitar reproches denigrantes, se había prometido –al menos hoy– llegar incluso un poco temprano.

Hacía todo más rápido como si fuera a dar resultado, pero su desplazamiento ya no dependía de él, sino del ómnibus donde ahora se hallaba. Miraba para todos lados y cada tanto se empujaba levemente en su asiento intentando trasmitir el empuje a todo el coche. Empresa imposible. Lentamente fue cayendo en cuenta que llegaría tarde. Su próxima misión era llegar lo menos tarde posible.

A minutos de haberse subido, otro individuo lo hace pero por la puerta de atrás. Parecía mucho más nervioso y apurado. Llevaba también traje, pero en cambio, su aspecto era desprolijo y desalineado. Lucía despeinado, y claramente se podía apreciar un montón de manchas en su camisa producto del sudor. Comenzó a recorrer el pasillo inspeccionando minuciosamente a cada pasajero. Se arrimaba y miraba sus caras con especial detenimiento. Incluso cuando no las podía ver correctamente producto de que estaban de perfil, las agarraba de la pera y las reacomodaba para un mejor ángulo. Las personas parecían no molestarse. Cada una estaba en lo suyo.

De un momento a otro el individuo mira, desde el fondo del ómnibus, al de traje gris. Este tampoco estaba atento a lo que sucedía, se encontraba inmerso en sus pensamientos intentando elaborar alguna clase de excusa que justifique su demora. Por ahora había logrado armar una que incluía fuego, explosiones y familiares muertos. Sin embargo faltaba la última pieza, esa que le da sentido y coherencia a todo. Estaba cerca de conseguirla cuando siente que alguien lo toma de la pera y le dice “Sos vos, te encontré. Tomá, esto es tuyo” Rápidamente deposita un maletín en su falda y emprende camino hacia la puerta trasera por donde había ascendido. El individuo de traje gris algo confundido le replica que él no es el destinatario de la entrega. Antes de bajar completamente el otro le responde “Si, sos vos”. Luego sale corriendo y se pierde calle abajo.

El individuo, sorprendido, inspeccionó el maletín. Era de color negro, viejo y bastante estropeado. En la parte exterior, en uno de los bolsillos transparentes, se apreciaba una pequeña nota acompañada de una foto. La nota decía “Por favor, entregar urgentemente a su dueño, quien figura en la foto, es de vital importancia para él. Muchas Gracias”. El individuo dirigió su mirada a la foto esperando que esta le aclare de quién se trataba. La foto era de tipo carné y lucía un nombre debajo. Sin embargo, debido al estado general del maletín, poca cosa se podía ver. Solamente algunos rasgos se distinguían con cierto grado de certeza: se trataba de un hombre, de tez blanca, posiblemente tuviera no menos de cuarenta ni más de sesenta años, pelo castaño no muy largo y, por supuesto, llevaba traje. En cambio, el nombre permanecía completamente ilegible. El individuo intentó abrir el maletín para inspeccionar dentro, pero estaba cerrado. Seguidamente lo sopesó para adivinar qué traía. Descubrió que era realmente liviano, tan sólo parecía pesar lo que el mismo maletín pesaba. Si llevaba algo eran unos pocos papeles o algún otro elemento igualmente liviano.

Con el maletín en su falda, varias fueron las opciones que contempló. Pensó, primero, dejarlo sin más, como quien por olvido abandona algo en algún lugar. Pensó también en dejárselo a otra persona, bajo la excusa “me sostiene un segundo” y luego salir corriendo como si hubiera una bomba dentro. Por último, barajó la posibilidad de llevarlo al trabajo consigo.

Ninguna de ellas lo satisfizo. La última idea lo aterraba especialmente. No podía seguir haciendo su vida con un elemento físico, real, tangible, que le recuerde constantemente que alguien no tiene algo que le es muy importante por su culpa. O se deshacía de él para que no deje rastro alguno, o realmente lo entregaba a su dueño. Esta segunda opción es la que lo reconfortaba más. Sin embargo no era tarea fácil. Se puso a inspeccionar desde su asiento las restantes personas. El panorama fue desolador, ninguna coincidía totalmente con la foto, o, lo que era peor, todas se ajustaban medianamente al prototipo. Salió del ómnibus triste. Quería cumplir con su misión, lo sentía como una obligación. Le aterraba pensar que una persona, por culpa de sus retrasos en la entrega, llevara una existencia apesadumbrada. No podía consentir que alguien, ya no por el día de hoy, sino por los años de los años, haya estado esperando el maletín, librado a la suerte de gentes tontas y sin sentido de la responsabilidad. Esta era su oportunidad, se resarciría por todo lo imprudente que fue en su trabajo hasta el día de hoy. Incluso su jefe, ser vil y despreciable, sabría entenderlo si se lo explicaba pausada y detalladamente.

Comenzó su recorrida por el centro de la ciudad, pues, a su entender, era el lugar en donde más "personas con traje por metro cuadrado” deambulan. Le pareció ver a muchos que podrían ser él individuo. Sin embargo, ninguna opción lo satisfizo. Pensó que debería hallar algún método, un dispositivo que le permita poder reconocer a ciencia cierta si la persona que veía era realmente a quien buscaba. Pensó primero en preguntarle a cada uno si era el dueño del maletín. Rápidamente descartó la opción al pensar que, siendo el citadino muy poco juicioso, cualquiera que se le cruce diría, sin ningún tipo de tapujo, que sí es su legítimo dueño. ¡Vaya a saber uno a qué clase de insensato estaría dando semejante valor! No se lo podía permitir. En segundo lugar, y por esta opción finalmente se decantó, pensó en extender levemente sus manos con el maletín, no lo suficiente como para dar a entender que se lo estaba dando deliberadamente a la otra persona, pero sí bastante como para mostrar que no se lo guardaba para sí mismo. De esta manera ninguna persona se lo arrebataría tan fácil, y, en caso que le extendiera el maletín a su legítimo dueño, este podría reconocerlo sin mayores dificultades.        

Así anduvo durante horas, recorriendo calles, plazas y bares. Incluso llegó a tocar el timbre de la casa de alguien que cuadras atrás se había cruzado. Cerca de llegar a una plaza se lo cruzó y le hizo el gesto mecánico. Pero el otro individuo pareció asustarse y apresuró el paso para zafarse del primero que lo seguía presuroso por la calle. Al doblar la esquina, le pareció verlo meterse en una casa vieja. Llegó y tocó el timbre. Al no obtener respuesta se precipitó a golpear la puerta más fuerte de lo que la cortesía indica. Aún sin respuesta se alejó unos pasos de la casa y empezó a largarle una serie de insultos muy poco atinados: “¡Cobarde!”  “¡Asesino!” “¡Traidor!”. La gente que pasaba a su lado miraba con asombro y tristeza a ese individuo que ahora sollozaba sentado en la vereda.

Su aspecto había desmejorado conforme transcurrió el día. La vestimenta, alevosamente desalineada y arrugada, fue acumulado algunas manchas producto, o bien del sudor o de la suciedad de la ciudad. Su cara tensa y pelo revoltoso le daba a todo el conjunto la idea de una persona “abandonada”. Visiblemente fatigado tras una infructuosa jornada de búsqueda decidió seguir vagando por la ciudad. Ya caída la noche caminaba cabizbajo y levantaba su mirada sólo cada tanto, para ver  receloso a quien se le cruce.

Sentía que lo habían traicionado. Todos, cada uno de ellos lo había hecho. Nadie se había querido hacer responsable y ahora cargaba con una pesada carga. Tras deambular un largo rato pensó que era hora de regresar a casa. Ya en el ómnibus y con el maletín a cuestas se le ocurrió entregarlo a cualquiera de los pasajeros, tal como habían hecho con él. Pero se contuvo, pensó que si abstenía rompería así una larga cadena de “entregas indebidas”.

Al otro día llegó a su trabajo más temprano, tal como se lo había propuesto en la víspera. Sin embargo ya no tenía esperanza de continuar allí. Sería inevitablemente despedido. Abatido entró a la oficina. Para su sorpresa, el jefe estaba con mayor humor que de costumbre.

- ¡Jiménez!
- Vengo a… vengo a… ayer no pude venir y… lo sé, no tengo excusa…
- ¡Jiménez! Ya me contaron todo… hiciste lo que pudiste.
- ¿Cómo?
- Si… está bien, no te aflijas, al menos lo intentaste. Al fin y al cabo… eso es lo que cuenta…. –Seguidamente soltó una sutil risa, un tanto maligna–

Se sintió confundido. Se le pasaron muchas ideas por la cabeza en cuestión de segundos. No sabía si su jefe lo había estado observando todo el tiempo, si había sido todo planeado por él, o si fue uno de los individuos que se cruzó en la calle extendiéndole el maletín (ahora que lo veía detenidamente, él no era tan diferente al de la foto); o si tal vez tenía por la ciudad un número de informantes que lo mantenían al tanto del actuar de sus empleados.

- Me gustó… me gustó todo menos lo de los insultos. ¿Qué se te pasó por la mente al perseguir a esa pobre persona?

Jiménez se encogió de hombros.

- Sin embargo, estuviste bien… te felicito.
- Pero… -Jiménez hizo una breve pausa- pero entonces… ¿no estoy despedido?
- Si, claro que lo estas, qué esperanza.

Jiménez se encogió de hombros nuevamente y abandonó la oficina.

30 de noviembre de 2010

Sansueña

En la habitación había dos camas; la de la derecha la ocupaba un enfermo, que estaba de espaldas a mí, con la cabeza del lado de la puerta... la otra cama la ocupaba un ataúd, aunque no era tal, sino una especie de soporte de ataúd de papel, como uno de esos paplitos donde van las masitas frutales un pirotín de ataúd.
Al rato apareció el cajón, el de la cama de la derecha se quejaba de un dolor en su pierna. me metí en en cajón, en la parte de detrás, viendo así la cara del enfermo de la cama derecha. Al rato se metió Pablo, el hijo de la pareja de mi padre, en el cajón también, y salimos andando por toda la ciudad en un cajón que estaba sobre una camilla. Nos tapamos con una mortaja que también parecía de papel. Era yo quien conducía el carro, ya que Pablo le daba la espalda a la ciudad, y era difícil hacer que doblara, agarrando ocn fuerza los bordes del ataúd rectangular y así maniobrandolo.
Alguien dijo "se va a morir"
Entró mi padre en el cuarto; el enfermo se seguía quejando del pie. Un médico, de impecable túnica blanca, dijo a mi padre algo de no sé qué; cuídese, tal vez...
El siguiente paciente era yo, la camilla de la derecha volvía a ser sólo un pirotín; de alguna manera me había bajado del cajón... no quería esa consulta... alguien había dicho ya, que tenía un pie en el cajón.

23 de noviembre de 2010

Memoria -los placeres de la carne sobre la carne...-

Doblé el papel a la mitad, como me había enseñado mi padre, y limpié... volví a repetir esto mismo cuantas veces pude -que sabemos que, siendo como es el papel, fue menos de 9 veces-. Luego, abrí mis piernas, y tiré el pedazo de papel, por entre ellas, en el inodoro, viendo como caía sobre el agua del mismo. Me gustaba ver cómo se iba humedeciendo, absorbiendo por todas sus partes el agua del water. Me gustaba pensar que era un barco que se iba hundiendo, poco a poco, y que nadie podía hacer nada al respecto, como si fuera el Titanic o el Lusitania, sólo que sin icebrgs o Walters Schwiergers, y sin que el ingeniero se suicidara... Me gustaba ver, como, una pequeña parte del papel quedaba seca, y pensaba que todos los tripulantes se abrían agolpado allí, esperando el milagro que salvara sus vidas, era en ese momento, cuando, desde lo más alto del cielo, un Zeus gigante sentado sobre el Olimpo, desataba una lluvia tremenda, aniquiladora, que brotaba desde lo más hondo de su cuerpo, desde su zona genital, y la direccionaba hasta el único lugar seco de ese barco, hundiéndolo del todo, haciendo que nadie, ni ricos ni pobres, ni Leo ni Kate, se pudieran salvar...
Los barcos quedaban allí, totalmente enmohecidos, cubiertos por el agua, descanzando sobre las rocas oscuras del fondo del mar, pero visibles, desde el trono de Thor en el Asgard, esperando que un nuevo barco cayera encima, y, con la furia de los dioses fuera, poco a poco, quedando cubierto por la inmensidad.

14 de noviembre de 2010

En tierra de osos (afeminados) soy un pan casero

Cuando en vez de detenerse mantuvo su marcha, supe que se había entablado un duelo. Los dos teníamos algo que jugarnos, nuestras ventajas y desventajas eran inversamente proporcionales y chocaban en la misma situación; he aquí la paradoja, no podía haber un ganador. Yo realmente quería que el camión Bimbo me arrollara.

PRO: Camionero Preso
CONTRA: Yo muerto

A su vez, el camionero quería arrebatarme la vida, lo veía en sus ojos inyectados en sangre.

PRO: Yo muerto
CONTRA: Camionero Preso

¿Quién ganaba? ¿Por qué pisarme si sabia que yo también sacaba provecho de la situación? ¿Por qué morir? Lo único que podría darle la victoria era que logre demostar mi culpabilidad en el siniestro. Pero (es de publico conocimiento que) el peatón tiene preferencia en las esquinas, así que el camión frenó, yo por las dudas me había apartado.

Ambos nos quedamos con ese gusto a gelatina sin sabor, no se él, yo me despache con un pan casero y manteca Kaiser, mientras pensaba:
"maldito desarrollo sustentable"